Terence Crawford quizá tuvo todo para entrar sin discusión en la leyenda, salvo la carrera que debía llevarlo hasta allí.
Terence Crawford es un caso extraño, casi frustrante. Cuando se le ve boxear, todo parece estar en su sitio: la inteligencia, la calma, la precisión, la capacidad de cambiar de guardia, de entender muy rápido lo que quiere hacer el rival y arrebatárselo. Tiene el talento de un boxeador que debería dejar detrás de sí una carrera incuestionable. Y, sin embargo, cuando uno observa su recorrido con más atención, aparece una duda. No sobre su nivel, sino sobre lo que su palmarés cuenta realmente. Cuanto más se relee, más se impone una idea: Crawford quizá dejó escapar la carrera que lo habría convertido en una leyenda indiscutible.
El comienzo, sin embargo, se sostiene perfectamente. En ligero, y sobre todo en superligero, Crawford hizo lo que se espera de un gran campeón. Fue a ganar fuera de casa ante Ricky Burns, dominó a nombres muy sólidos como Viktor Postol, Felix Diaz o John Molina Jr., y después unificó la división contra Julius Indongo. Siempre se puede discutir la profundidad exacta de aquella categoría, pero no la lógica de su progresión. En ese momento, su trayectoria era limpia, fuerte, casi ejemplar. El problema no está ahí. Empieza realmente cuando Crawford llega al peso wélter.